Pensamientos de @Nolotarin: “La incapacidad para el cambio”

12 julio 2014 by

2mar

Estos días no puedo dejar de pensar en Jose. Me invade su recuerdo, me preocupa su futuro, pero sobre todo me inquieta cómo hemos llegado a esta situación. Posiblemente Jose es el último caso de una larga lista de menores sobre los que actúa el sistema de protección desde bien pequeños, que crecen en instituciones que les intentan aportar lo mejor de si mismas, pero que cuando se hacen mayores parece que echan por la borda todo el trabajo realizado con ellos. Jose y sus hermanos nacieron y pasaron su primera infancia en un entorno muy carencial; la precariedad económica, el consumo de drogas y la violencia rodeaban a unos niños que merecían poder crecer sin tantos condicionantes y en un entorno más esperanzador. Técnicos de los servicios sociales, profesores, incluso algún voluntario, contribuyeron a que Jose y sus hermanos accediesen al sistema de protección de menores. El acogimiento residencial les permitió vivir una segunda infancia con más oportunidades y a la vez mantener la relación con una madre a la que se sentían vinculados a pesar de la situación. Han pasado ocho años de intenso trabajo educativo, de altísima inversión en recursos de todo tipo (formativos, deportivos, de tiempo libre…). Pero Jose, cuando aún le quedaban dos años para alcanzar la mayoría de edad, ha decidido regresar al entorno familiar precario y carencial del que se le intentó “rescatar”. Su marcha no puede dejar indiferente, no solo por el afecto y la vinculación, sino también por las dudas y preguntas que puede suscitar respecto a nuestra labor profesional. A mi parecer uno de los aspectos más duros del trabajo educativo es convivir con infinidad de casos que “acaban mal”. Me parece sobrecogedor tener que aceptar que con ellos no podemos hacer nada, que no está en nuestras manos, que hay una parte del cambio que depende de la propia persona… Imagino que el médico que trabaja con enfermedades difíciles sentirá algo parecido, aunque en nuestro caso la relación educativa y las oportunidades rechazadas lo hacen más gravoso. Otras veces he escrito sobre las segundas oportunidades, sobre el fruto del trabajo educativo en el medio o largo plazo, pero hoy no me consiguen consolar mis propias argumentaciones. Me enfrento a la demoledora realidad de la incapacidad para el cambio, que hoy afecta no solo a Jose, sino a todos los profesionales que hemos actuado con él. Las típicas preguntas que continuamente nos lanzan los “enemigos” de lo social y lo educativo dejan hoy de ser inocuas: ¿Es posible romper el círculo de la marginalidad y la pobreza?,¿Cuál es la capacidad del trabajo educativo para generar cambios?, ¿Son adecuadas las medidas que articula el sistema de protección? ¿Vale la pena tanta inversión de recursos para tan escasos resultados?… Pero tranquilos, que no me voy a doblegar ante ellas, ni se va a apoderar de mí el pesimismo existencial que transmiten. Está claro que ni Jose, ni nosotros hemos podido esta vez, pero han existido muchas más veces y aparecerán muchísimos más casos. Pero tampoco me satisface el victimismo (“no podemos hacer nada”), ni la culpabilización (“ha perdido su oportunidad”). Hoy aprendo que el trabajo educativo supone aceptar que a veces no podemos generar cambios, pero a la vez creer firmemente que la persona siempre tiene posibilidades de hacerlos. Esta afirmación para mí supone un doble compromiso: Uno actitudinal; comprender mejor la compleja situación que viven muchos menores y reafirmarse en la apuesta incondicional por cada caso nuevo que nos llegue. Y otro técnico; evaluar con rigor la intervención que hemos realizado. Y hacerlo no tanto para valorar resultados o establecer responsabilidades, sino principalmente para mejorar nuestro conocimiento sobre la realidad de casos como el de Jose. Y poder explorar entonces nuevos modos de intervenir con realidades tan complejas, que puedan mejorar nuestra respuesta. Sólo así nuestro trabajo podrá escapar de la frialdad institucional o del exceso de voluntarismo profesional que pueden crear estas situaciones. Que Jose retome en un futuro algunos beneficios de nuestra intervención parece una posibilidad. Si somos capaces de aprender de este caso, será una realidad que otros menores puedan encontrar una mejor respuesta a sus necesidades.

@Nolotarin

Carta abierta a los vecinos (indignados) de Benicalap.

12 junio 2014 by

Soy Educador de profesión, por vocación y por convicción y trabajo desde hace 4 años en un proyecto social con menores, inmerso en un barrio de la ciudad de Valencia. Y no, no es un proyecto de la Casa de la Caridad . Escribo esta  carta a los vecinos de Benicalap  por las últimas protestas a raíz del nuevo proyecto de la Casa de la Caridad. Escribo desde la reflexión y desde el sentimiento humano y profesional, ya que yo también me siento indigno y preocupado al escuchar a los vecinos de mi barrio decir que no quieren ‘a mendigos y toxicómanos paseando por su barrio’

La Casa de la Caridad de Valencia tiene pensado – y va a ser un hecho- ofrecer en el barrio de la Benicalap ‘un recurso a personas sin recursos en estado convaleciente, a familias y a niños en exclusión social’, un recurso totalmente justificado en una sociedad como la nuestra y apropiada para el siglo en el que vivimos. Soy una persona que confía y cree en los demás, también en una institución como la Casa de la Caridad, y por ello me creo este proyecto, y desde la profesionalidad no veo a los ‘mendigos y a los toxicómanos’ en este proyecto. No quiero hacer demagógia, pero claro, no veo a los vecinos de Benicalap en la TV diciendo que no quieren en su barrio a familias pobres, desestructuradas y excluidas de la sociedad en su barrio, eso quedaría muy inapropiado, por eso, tal vez, utilicen las palabras “mendigos y toxicómanos”  que son mucho más mal sonantes (para ellos).

Por un momento supongamos que es verdad lo que dicen parte de los vecinos de Benicalap, que dicho centro, va a ser un albergue para personas sin techo y punto de entrega de metadona. Vamos a imaginar durante un momento. Sería fantástico. Sería ideal que una entidad realizara un macroproyecto  con esta finalidad. ¿os imagináis en el barrio de Benicalap, a las 8 de la mañana, ver salir por la puerta del centro a un hombre de 45 años, recién afeitado y duchado, con la energía de afrontar un nuevo día y con fuerza de cumplir sus sueños?. Yo me lo imagino, y tal vez, el resto del barrio de Benicalap debería de desear eso.¿os imagináis a un padre que haya recuperado la relación con su familia después de 3 años al haber dejado de consumir drogas? Yo me lo imagino, y tal vez, el resto del barrio de Benicalap debería de desear eso.Pero todo esto son suposiciones que realizo en cuestión de segundos al escuchar a algunos vecinos del barrio hablar delante de la prensa ante afirmaciones erradas.

Lo que deberían de repensar los vecinos de Benicalap es que se están levantando ante un proyecto social en su barrio, un proyecto que siempre albergará oportunidades para rehacer una vida a familias, niños y jóvenes en exclusión social. Un proyecto social siempre cree en las personas, siempre  se encuentran dispuestos a guiar y a acompañar a las personas que los necesiten, sin juzgar ni valorar, con un único fin, crear y desarrollar una sociedad digna y de bienestar. Ir en contra de este proyecto es ir en contra de la humanidad y del sentido común, es estar en contra de la esperanza y es inhumano.

Me cabreo y estoy algo confuso, no entiendo nada de lo que ha ocurrido la última semana.¿ tan molesto es un proyecto que cree en los nuevos sueños de las personas ? ¿tan dañino es creer en los demás? ¿tanto nos cuesta dar nuevas y primeras oportunidades ? Mañana volveré a mi trabajo en otro barrio de la ciudad a trabajar con personas en las que creo,  en un barrio donde creo que con mucho esfuerzo se puede conseguir grandes cosas.

Pensamientos de @Nolotarín : “Profesionales de la vida cotidiana”

12 mayo 2014 by

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El otro día tomando un café con unos amigos maestros, surgió en la conversación una pregunta sobre el salario de un educador en un centro de menores. Cuál fue mi sorpresa cuando ante mis quejas, valoraron que cobrar 1200 euros por cuidar y acompañar a unos cuantos niños les parecía más que razonable. Para ellos, llegar al trabajo y recoger a niños del colegio, hacer apoyo escolar, deporte, incluso ver la tv o ir de compras… no se podía comparar con el trabajo de un profesor. Argumentaban que el educador no tenía que programar cada día, ni impartir clases que hay que preparar, ni corregir y evaluar, ni hacerse cargo de 25 niños en un aula, etc. Incluso llegaron a observar ventajas en los horarios especiales, ya que por las noches o durante los fines de semana la exigencia del trabajo no se podía comparar con la de otras profesiones (como por ejemplo las sanitarias). Para el educador los horarios extraordinarios solo suponían vigilancia o realizar actividades de ocio (hacer deporte, ir de excursión, al cine, al parque, etc). Yo reaccioné rápidamente, evidentemente en un ataque de corporativismo feroz salí en defensa de la profesión. Defendí con contundencia que el educador también programa, prepara y evalúa cada acción, que se enfrenta con frecuencia a situaciones muy complejas de conflicto, sufrimiento, violencia o desmotivación… Que su tiempo casi siempre es todo de atención directa (como mínimo 35 horas a la semana). Y que además asume muchas veces horarios difíciles de conciliar con cualquier tipo de vida familiar. Por lo tanto para mí el salario ya mencionado, no reconocía adecuadamente los valores y exigencias de este trabajo.

Pero más tarde para mis adentros, tuve que reconocer que posiblemente mis amigos seguramente sin darse cuenta, habían tocado unos de los aspectos más “delicados” para esta profesión “la gestión de la vida cotidiana”. Entiendo que pretender argumentar que un saber técnico se puede desarrollar viendo la tv con los menores, haciendo deporte o jugando en el parque, resulte cuanto menos ambicioso. Únicamente es posible si conseguimos justificar estas acciones como educativas, pedagógicas y por lo tanto técnicas. Demostrando que a través de las mismas el educador conoce, comprende, y crea vínculos con el menor. Implementando un proyecto educativo individual y/o grupal, desde el que interviene en sus contextos de socialización. Creo sinceramente que acompañando, jugando, realizando tareas domésticas, incluso vigilando se puede enseñar y educar. Pero sobre todo estos momentos de vida cotidiana constituyen el espacio en el que el profesional construye la relación educativa. Como para el maestro su clase o para el terapeuta la entrevista, para el educador aparece la vida cotidiana como espacio de intervención. Me atrevería a decir que depende como se aproveche su gestión, se cualificará o desvirtuará la profesionalidad del educador/a. Evidentemente no todo el tiempo puede ser instrucción o educación para un menor, pero si cualquier tiempo permite construir una relación educativa desde la que articular una intervención técnica y cualificada.

Es cierto que para los educadores/as de espacios residenciales el reto de gestionar la vida cotidiana es mayor. En los espacios de medio abierto el tiempo de atención directa suele coincidir con actividades (entrevistas, talleres, clases, dinámicas de grupo, entrenamientos…). En cambio en el entorno residencial abundan los momentos mucho más “informales” (ver la tv, ir al médico, de compras, conectarse a internet, cenar…). Los tiempos de programación, seguimiento y evaluación también se ven mermados ante la presión de la atención directa continua.  

Para algunos el debate podría estar servido: la diferenciación de categorías y figuras profesionales. Colocarían auxiliares para la gestión de los espacios de vida cotidiana y técnicos (educadores/as) para el diseño y dinamización de actividades (talleres, dinámicas de grupo, elaboración de informes, etc). Pudiera tratarse de un modelo más claro y definido, con diferencias salariales y técnicas preestablecidas. Pero que en mi opinión dinamitaría la esencia de la figura profesional del educador/a, que no es otra que la relación educativa. Y ésta se gesta principalmente en los espacios de vida cotidiana. Estoy casi seguro que si se aplicase la mencionada diferenciación de funciones, en poco tiempo los auxiliares acabarían teniendo más capacidad de intervención con los menores que la mayoría de técnicos cualificados. De hecho, a algunos ya les pasa cuando coinciden en su recurso con una persona encargada de la cocina o de la limpieza que disfrute de cierta “gracia educativa”. Porque en nuestro campo profesional los cambios y el crecimiento se generan desde las experiencias y la relación, y éstas no entienden de funciones y categorías.

Por lo tanto, para cualificar la acción educativa en la gestión de la vida cotidiana, la programación y la evaluación se hacen imprescindibles para el educador/a. Esas competencias sí que podrían entender de categorías y establecer diferencias profesionales. Porque realizando la misma acción (por ejemplo jugar al pin-pong), su significación podrá ser muy diferente si se encuentra enmarcada en un proyecto educativo individual que articule una determinada intervención con el menor, o si tan solo responde a la acción asistencial del momento.

@Nolotarin

Microrelatos de la Educación Social: “De fiesta”.

9 abril 2014 by

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Es sábado noche. Son las fiestas populares de la Ciudad. Decido asistir a una cena y posterior fiesta con unos amigos a un Casal del barrio donde trabajo. Todo apunta a que puede ser una noche divertida. 

Mientras hablamos y preparamos la cena en plena calle, me sirven el primer vaso de sangría, son las 22:15H y justo después de pegarle el primer trago a esa magnifica bebida y mientras la degusto algo me sobresalta. Me tocan por la espalda con cariño y aprecio, me giro y veo a media docena de chavales jóvenes de mi centro. Apresuro el trago. Me saludan a su manera, hacemos chocar las palmas y luego cerramos los puños para volver a chocarlos. Ellas, me dan dos besos. Nunca me saludan así, pienso en que el contexto es quien ha hecho que el saludo suceda de esta manera. 

Antes de pronunciar ninguna palabra, mi cabeza viaja a mil revoluciones, el vaso que tengo en la mano me sobra, me gustaría deshacerme de esa sangría.Me cuentan que se lo están pasando bien, y que se irán a cenar y luego a una verbena. Les demuestro mi alegría, se les ve muy contentos y con un ambiente muy sano. Uno de ellos me pregunta si bebo, (parece que no ha visto el vaso que llevo en la mano), le digo que sí, que me tomo algún vaso con los amigos, mientras cenamos y hablamos, pero con cuidado. Se despiden, me despido de ellos. Les animo a que disfruten de las Fallas y que decidan hacer las cosas de forma correcta.

Sabia que esto pasaría, que este tipo de encuentro lo tendría algún día. Me quedo tranquilo, soy ejemplo para ellos y hemos vivido una situación muy normal de la vida cotidiana.

Pensammientos de @Nolotarin: “Entre profecías y discursos moralizantes”

20 marzo 2014 by

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Creer en las capacidades de cambio de la persona parece imprescindible en el trabajo educativo, pero algunos casos realmente nos hacen difícil asumirlo. En un centro de protección de menores abundan estas situaciones. Por norma general, el “desastre” familiar tiene que ser considerable y con larga historia para que el “sistema” opte por esta medida; que evidencia claramente que otras muchas actuaciones no han dado resultado. En las reuniones de equipo dedicamos gran parte de nuestro tiempo y energías a buscar soluciones, alternativas, caminos nuevos… que puedan modificar esa “inercia desastrosa” que conforme avanza la adolescencia, parece de forma inevitable acompañar a estos menores. Realmente es difícil posicionarse en el trabajo educativo con ellos y orientar las intervenciones hacia un futuro tan incierto y poco alentador. 

 

            En nuestra práctica educativa observo en muchos de estos casos dos posiciones hacia las que nos solemos escorar: La primera consistiría en dejarnos llevar por una especie de predicción profética, el “ya sabemos cómo van a acabar”. Posición que inundará de realismo la intervención, y reconocerá las dificultades para enfrentarla. Pero que a la vez (posiblemente de forma inconsciente), puede llegar a condicionar nuestra mirada sobre el punto de realidad actual. Con el riesgo de limitar las posibilidades de intervención que aún podríamos desarrollar y sobre todo de influir negativamente en el proceso, convirtiendo nuestro pronóstico realmente en profecía “autocumplida”.

            La segunda, resultaría de utilizar en exceso el discurso moralizante, “el deberías o deberíamos hacer esto”. Utilizando un discurso sobre lo que es bueno o conveniente, que posiblemente aumentará nuestra atención e implicación con el caso. Pero que puede plantear intervenciones demasiado alejadas de las vivencias reales del menor, y metas que pueden resultar inalcanzables. La relación del adolescente con su familia, con su sexualidad, con el ocio, con las drogas, etc,  podría distar en exceso de los consejos o valoraciones que continuamente recibiese del educador/a. Minimizándose entonces poco a poco el posible impacto de nuestra intervención.

 

            Tengo la sensación de que entre las profecías y los discursos moralizantes, nos perdemos infinidad de experiencias que pueden servir al adolescente. Y especialmente en estos casos “difíciles” podría resultar interesante poner el acento en las vivencias que van teniendo y desde las que pueden obtener un pequeño aprendizaje útil para el futuro (porque toda su realidad no está a nuestro alcance cambiarla). Me vienen a la cabeza algunos ejemplos de situaciones que hemos vivido y en las que de una u otra forma fluctuamos entre estas posiciones: entre “se quedará embarazada” y “si quedas con desconocidos pareces una …”, entre “acabará robando como su familia” y “si te pones ropa robada eres cómplice”. Puede que olvidando que al quedar con un chico desconocido por internet, o al ponerse una prenda robada, el adolescente está teniendo una experiencia, una vivencia determinada (más o menos satisfactoria). A partir de la cual, aplicando una mirada diferente, seguramente podríamos ayudarle a adquirir algún tipo de aprendizaje.

 

            Tanto negar la posibilidad de que se produzca la experiencia, como condenarla en exceso, puede alejarnos del propósito de nuestra tarea educativa. Esta nueva posición no se puede confundir con un “laissez faire” o un “todo vale”. Todo lo contrario, pretende centrarse en buscar aquello que realmente pueda ser útil para el adolescente, previniéndonos de poder utilizar solo aquello que esté en función de satisfacer o justificar al educador/a.

 

@Nolotarín

La montaña (III).

3 marzo 2014 by

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Las primeras gotas de agua empiezan a caer. La niebla hace que a más de 10 metros no se pueda ver nada y cada 30 segundos un destello ilumina la zona, son rayos que están muy cerca de nosotros. Empiezo a agobiarme, necesito compartir opinión con otro compañero y dar solución a nuestro problema. Estamos al descubierto, parece que cada vez llueve más, y todo va a ir a peor. Me agobio mucho.  No sé qué hacer.  Voy a la mochila para coger mi móvil, mi compañero se llevó el walkie talkie, y empiezo a llamar al otro grupo para informarles de la situación en la que estamos y para averiguar cuál es la suya. No hay línea. No hay cobertura. Lo intento y lo sigo intentado.  He llamado más de 20 veces ya. La lluvia empieza a ser molesta.  Por fin me hago con ellos.  Les comunico cual es nuestra situación. Les digo que está lloviendo mucho y que la única opción que tenemos es montar tiendas y esperarlos en el mismo sitio que estamos. Insisto en decirles que les vamos a esperar donde estamos, que no nos vamos a mover. Ellos me dicen que están empezando a salir de la zona de clavijas. Están, como mínimo, a una hora de nuestra localización. Cuelgo.

Grito para llamar a los chavales, me estoy empezando a poner nervioso. Creo que la situación me está superando. Llueve mucho, y justo cuando les voy a empezar a explicar que vamos a montar tiendas recuerdo el momento en el que por la mañana, en el  Valle de Pineta, nos repartimos las distintas partes de las tiendas entre todos, y que eso implica que, posiblemente no tengamos ninguna tienda completa para montar. Pido la máxima colaboración a los chicos y chicas, y les explico que no estamos en muy buena situación y que tenemos que ser rápidos. Pido que cada uno vaya a su mochila y coja el material de la tienda que tengan y los juntemos todos.

Sólo tenemos tres cubetas de tiendas, por lo que tan sólo vamos a poder montar tres tiendas, y tan sólo un tipo de  dobletecho coincide con las cubetas de las tiendas que tenemos. La situación es complicada y veo imposible que podamos montar más de una tienda en condiciones. Aún así digo que se monten las tiendas como se pueda, que se olviden de las piquetas, estamos encima de rocas y no vamos a poder clavarlas, que utilicen piedras para agarrar las tiendas.

Mientras se montan las tiendas, llamo al campamento para explicar nuestra situación y la del grupo que llevamos atrás. Cada vez estoy más nervioso, cada vez llueve mas, cada vez caen mas rayos. De nuevo, no tengo cobertura. Lo intento más de 30 veces y no hay manera. Por momentos pienso en llamar al 112 y explicarles a ellos la situación en la que estamos, para que lo tengan en cuenta. Veo la situación muy peligrosa para un grupo de 30 personas, casi todos menores.  Pero no lo hago, sigo llamando al campamento hasta que me hago con ellos:

-          Hola Isaac, ¿cómo va?

-          ¡Muy mal! Las cosas no han salido como las teníamos planeadas.

-          Bueno, tranquilo. Aquí está empezando a llover.

-          Escúchame, rápido. Está empezando a granizar y caen muchos rayos, te tengo que colgar rápido.

-          Si, dime.

-          No hemos llegado al refugio de Goriz. Estamos divididos en dos grupos. Nosotros estamos en la cresta de Monte Perdido montando tiendas, el segundo grupo está en un punto entre la zona de clavijas y nosotros. La situación es muy fea. Está empezando a granizar fuerte.

-          No te preocupes. Aquí  los pequeños están terminando de ducharse.

-          Te repito. La situación es muy fea, graniza  fuerte y caen rayos muy cerca de nosotros. Estamos entre la zona de clavijas y el refugio de Goriz, en la cresta de Monte Perdido. Espero que tengáis noticias nuestras antes del mediodía.

-          Vale. ¡Que vaya bien!

Creo que la llamada me ha puesto más nervioso que otra cosa. Apago mi móvil y lo tiro sobre mi mochila. Miro las tiendas, como imaginaba sólo una está bien montada, las otras dos, están montadas como han podido. Llamo a los chavales. Les digo que si alguien tiene su móvil encendido que lo apague, la tormenta es eléctrica. Mando a que se metan en las tiendas. Me meto en una de ellas. Miro a mí alrededor y somos nueve personas  en una tienda que caben cuatro. Algunos están de rodillas, otros sentados, apoyados unos en otros, como podemos. Yo estoy en una de las esquinas delanteras. Hace viento, parece que en algún momento vayamos a salir volando, el granizo golpea muy fuerte la tienda.  Cada 30 segundos cae un rayo, que ilumina toda la tienda y hace temblar el suelo. Caen muy cerca de nosotros. Tengo miedo. Tengo miedo de que pueda ocurrir alguna desgracia. Creo que los chicos no son conscientes de ello. Durante 5 minutos me aíslo en mi esquina, necesito un tiempo para mí, para coger fuerzas y valor. No puedo caer en el miedo, los chicos dependen ahora sólo de mí.

Pido una linterna potente, por si alguien la llevaba encima. La voy a colocar fuera, en una piedra orientada hacia el camino que viene hacia las tiendas, para que cuando venga el otro grupo nos vea, me preocupa que por la niebla y el granizo no nos vean y pasen de largo. Sé que tal vez la linterna no aguante mucho tiempo en funcionamiento, pero eso me tranquiliza durante un rato. Al salir de la tienda, mi bota se mete unos centímetros sobre el granizo, al salir de la tienda me doy cuenta de lo fuerte que es la tormenta y de lo mal que lo está pasando el grupo que ahora mismo está caminando. Coloco la linterna, y voy al resto de tiendas para ver cómo están los chavales. Algunos están asustados, otros tienen frío, y en una tienda a empezado a entrar agua. Les digo que ya lo arreglaremos cuando pase la tormenta, si es que pasa.

Vuelvo a mi tienda. Me preocupa mucho el otro grupo. Lo deben de estar pasando muy mal. Cada 15 minutos salgo de la tienda para ver si por el camino veo luces. He salido ya como 4 veces de la tienda y no veo nada. Eso me asusta y me preocupa. La tormenta sigo igual, graniza mucho, hace viento y siguen cayendo rayos. Es horrible. Por fin veo luces, les hago señales con mi linterna, durante dos minutos. Espero que me hayan visto.  Entro en mi tienda y esperamos. A los 20 minutos, oigo voces. Salgo rápido de la tienda, veo a Jorge, me alegro. Le explico la situación, sólo tenemos tres tiendas montadas. Pedimos a los chavales que entren en las tiendas, como puedan, es lo que hay. Ahora somos 32 en tres tiendas. Nos quedamos los 4 educadores fuera, y valoramos la opción de en cuanto la tormenta afloje un poco intentaremos montar mas tiendas.  Veo las caras de mis compañeros, están congelados, los chavales también. Entro en mi tienda, estamos mucho mas apretados. Una de las chicas que acaba de llegar con el segundo grupo está llorando mucho. Lo ha pasado muy mal, se acaba de romper al ver a sus compañeros. Dice que pensaba que no iban a llegar hasta aquí.

Ha pasado 15 minutos desde que el segundo grupo ha llegado y parece que la tormenta aflojado. Salgo de la tienda y llamo a mis compañeros. Vamos a intentar montar otra tienda. Buscamos entre las mochilas, que están completamente mojadas, y encontramos material para montar otras dos tiendas.  Así lo hacemos. Dividimos a los chavales.  Les digo a mis compañeros que entren en una tienda y se quiten la ropa mojada, es el momento de intentar entrar en calor. Voy por las tiendas y les digo a los chavales, que aquellos que tengan la ropa mojada se la quiten. Para algunos es difícil hacer esto y quedarse en ropa interior, pero es muy importante para dejar de tener frío. Fuera sigue lloviendo, voy a las mochilas y una a una las voy mirando en busca de ropa seca. Casi todo está mojado. Consigo rescatar algunas camisetas de manga corta y un par de sudaderas y pantalones, y tan sólo dos sacos de dormir secos. Lo reparto entre los chavales.

Entro en una tienda con mis otros tres compañeros y dos chavales. Son las 21:00h de la noche. Parece que la tormenta afloja y la malo ya ha pasado, pero la gente tiene mucho frío. Decidimos ir de nuevo a las mochilas y buscar la cena, como es imposible cocinar, damos de cenar el desayuno, unos zumos y batidos con bollería. Por la mañana desayunaremos la cena.

La noche se hace eterna, muy eterna. Con mucho frío y mucho viento. Sin casi sitio en las tiendas. Con agua dentro de las tiendas. Sin abrigo. Salimos por última vez de las tiendas  para avisar a los chavales que vamos a pasar así la noche, que intenten dormir y que se junten para darse calor. Volvemos a nuestra tienda. Empezamos a bromear, lo necesitamos.

Es casi imposible dormir, estamos unos encimas de otros. Uno de mis compañeros esta casi desnudo, tiritando de frío. Lo abrazo para darle calor, intentamos dormir. Me pongo unas bolsas de basura en los pies, estoy justo donde ha entrado agua en la tienda. Vamos durmiendo casi por turnos y cómo podemos.

Sale el sol. Salgo de la tienda. El cielo está despejado. Ya ha pasado todo. Ahora toca volver al campamento.

Pensamientos de @Nolotarin: “Esto me tenía que pasar a mi”

17 febrero 2014 by

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La cuestión es que llevábamos días diciendo que teníamos que quedar con Mohamed, había dejado el centro de acogida hacía unos meses, y todo eran noticias de que se estaba echando a perder… Había algo dentro de nosotros que nos hacía sentirnos incómodos, la sensación de tenerlo tan cerca y no estar haciendo nada, de al menos intentarlo. Pues finalmente quedamos en buscarlo. Intentamos contactar a través de un amigo, y lo que son las cosas… nos comentó que Mohamed ya no vivía en Valencia, que se había ido hacía unos días a Villareal y que de allí se marcharía a Barcelona. Pensamos que habíamos llegado tarde… aún así le dijimos que si por casualidad le llamaba (ya que no teníamos su móvil) le diese nuestro número porque queríamos quedar con él. Esa misma tarde a las siete me sonó el teléfono, era Mohamed preguntando qué pasaba, y dicho y hecho nos citamos horas más tarde en el lugar donde ahora vivía (a unos 80 km de donde estábamos). Llegamos en el coche sin mucha certeza de cómo le íbamos a encontrar, incluso con dudas razonables de que no apareciese y el viaje fuese en balde, pero no fue así. Allí nos estaba esperando, recién duchado, afeitado, bien vestido, muy diferente a cómo le habían visto por nuestro barrio o a su aspecto en las fotos del  “Tuenti”. Nos saludó cariñoso, con un abrazo. Dimos varias vueltas para encontrar un lugar en el que sentarnos a charlar y fuimos a parar al sitio perfecto. Estaba comunicativo, un poco nervioso, sin facilidad para hablar el castellano. Poco a poco fue contándonos su intensa vida durante estos últimos meses, triste y estremecedora. Lentamente Iba dando detalles de cómo y con quien había vivido, de cómo había estado robando bicis, abriendo coches, pasando drogas, pegando tirones… No para alardear o contar aventuras, todo lo contrario se le notaba apurado, arrepentido de algunas cosas. Cómo si necesitase contarlo para liberarse (sobre todo del daño hecho a personas, expresaba avergonzado que no se explicaba cómo había sido capaz de arrancar cadenas del cuello a varias personas mayores). Reconocía la relación de todo esto con las drogas, que se ponía “hasta el culo” cada vez que salía a robar, que luego el dinero conseguido no le duraba nada, que se lo fumaba o gastaba en tonterías “el dinero que rápido viene, rápido se va” comentaba.

Decía que llegó un momento en que se vio fatal, que no se reconocía a si mismo, que le entró miedo de que lo metiesen en la cárcel, de que se buscase “la ruina”… y que un amigo suyo marroquí le ofreció marcharse a Castellón a  recoger naranja y no se lo pensó. Dice que había trabajado ya unos días, que le habían hecho papeles, que incluso ya había cobrado algo de dinero.  Estaba viviendo en un apartamento con diez personas más, la mayoría pakistaníes, tenía que pagar por todo (100 euros por la casa, 6 para que le lleven en coche, otros 10 para que le dejen trabajar…),  pero decía que “es lo que hay y dependes de esa gente para poder trabajar”.

Estaba en un momento de “buenas intenciones”, de querer rehacer su vida, reconociendo errores y valorando cosas pasadas. Y la verdad a Mohamed se le veía auténtico en ese intento, evidentemente muy frágil, teniéndose que buscar la vida en condiciones muy precarias, creyendo tener superado más de la cuenta (porque hacía apenas unas semanas de su cambio). Pero al menos convencido y consciente de lo vivido.

Le fuimos preguntando sutilmente, con cierto humor… por sus últimos meses en el centro de acogida, por el gasto de sus ahorros, por la pérdida del trabajo, por su viaje a Marruecos, por cómo se había juntado con la gente del barrio, por el piso en el que había estado viviendo…  Con mucha serenidad fue hablando de todo ello, reconociendo las vivencias que había tenido, sin echar la culpa a nadie, asumiendo sus propios errores. Concluyendo con una afirmación terrible pero puede que cierta “da igual donde hubiese ido, esto me tenía que pasar”.  A su modo puede que nos estuviese diciendo que su compleja historia de vida necesitaba ese “dejarse llevar” para empezar a tener de nuevo algún sentido. Reconocía lo mal que lo había hecho con los educadores y con el centro, pero decía que tal como estaba no podía dar la cara… para qué, para que le viésemos drogado o borracho, sin ducharse, habiendo robado… le avergonzaba y se notaba que hablaba con sinceridad.

Entonces empezamos a darnos cuenta de lo oportuno de nuestro encuentro, igual no habíamos llegado tarde sino en el momento exacto, posiblemente quince días antes no hubiésemos podido cenar con él. Nuestra “buena intención” no hubiese coincidido con su “mal momento”. Notamos que estábamos siendo un refuerzo para él, el cauce a través del cual poder decirse a si mismo las cosas. En aquel momento Intentamos sobre todo escuchar con respeto, alejarnos de emitir ningún tipo de juicio y menos aún de soltarle ningún “rollito” moralizante. Nos ceñimos a expresarle que nos habíamos alegrado un montón de estar con él, le animamos a llamarnos cuando pasase algún tiempo, a ver si volvíamos a quedar y nos contaba como le iba. Le dijimos que se cuidase, que intentase no volver en un tiempo por Valencia… nos despedimos  con un fuerte abrazo. Volviendo en el coche se hizo silencio. No sabíamos si el encuentro a Mohamed le sería de utilidad, la verdad lo tenía demasiado complicado… Pero a nosotros sí nos había servido y mucho, principalmente para comprender mejor la complejidad de su vida y sobre todo para no perder la esperanza en nuestro trabajo.

@Nolotarin


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