Microrelatos de la Educación Social: “De fiesta”.

9 abril 2014 de

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Es sábado noche. Son las fiestas populares de la Ciudad. Decido asistir a una cena y posterior fiesta con unos amigos a un Casal del barrio donde trabajo. Todo apunta a que puede ser una noche divertida. 

Mientras hablamos y preparamos la cena en plena calle, me sirven el primer vaso de sangría, son las 22:15H y justo después de pegarle el primer trago a esa magnifica bebida y mientras la degusto algo me sobresalta. Me tocan por la espalda con cariño y aprecio, me giro y veo a media docena de chavales jóvenes de mi centro. Apresuro el trago. Me saludan a su manera, hacemos chocar las palmas y luego cerramos los puños para volver a chocarlos. Ellas, me dan dos besos. Nunca me saludan así, pienso en que el contexto es quien ha hecho que el saludo suceda de esta manera. 

Antes de pronunciar ninguna palabra, mi cabeza viaja a mil revoluciones, el vaso que tengo en la mano me sobra, me gustaría deshacerme de esa sangría.Me cuentan que se lo están pasando bien, y que se irán a cenar y luego a una verbena. Les demuestro mi alegría, se les ve muy contentos y con un ambiente muy sano. Uno de ellos me pregunta si bebo, (parece que no ha visto el vaso que llevo en la mano), le digo que sí, que me tomo algún vaso con los amigos, mientras cenamos y hablamos, pero con cuidado. Se despiden, me despido de ellos. Les animo a que disfruten de las Fallas y que decidan hacer las cosas de forma correcta.

Sabia que esto pasaría, que este tipo de encuentro lo tendría algún día. Me quedo tranquilo, soy ejemplo para ellos y hemos vivido una situación muy normal de la vida cotidiana.

Pensammientos de @Nolotarin: “Entre profecías y discursos moralizantes”

20 marzo 2014 de

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Creer en las capacidades de cambio de la persona parece imprescindible en el trabajo educativo, pero algunos casos realmente nos hacen difícil asumirlo. En un centro de protección de menores abundan estas situaciones. Por norma general, el “desastre” familiar tiene que ser considerable y con larga historia para que el “sistema” opte por esta medida; que evidencia claramente que otras muchas actuaciones no han dado resultado. En las reuniones de equipo dedicamos gran parte de nuestro tiempo y energías a buscar soluciones, alternativas, caminos nuevos… que puedan modificar esa “inercia desastrosa” que conforme avanza la adolescencia, parece de forma inevitable acompañar a estos menores. Realmente es difícil posicionarse en el trabajo educativo con ellos y orientar las intervenciones hacia un futuro tan incierto y poco alentador. 

 

            En nuestra práctica educativa observo en muchos de estos casos dos posiciones hacia las que nos solemos escorar: La primera consistiría en dejarnos llevar por una especie de predicción profética, el “ya sabemos cómo van a acabar”. Posición que inundará de realismo la intervención, y reconocerá las dificultades para enfrentarla. Pero que a la vez (posiblemente de forma inconsciente), puede llegar a condicionar nuestra mirada sobre el punto de realidad actual. Con el riesgo de limitar las posibilidades de intervención que aún podríamos desarrollar y sobre todo de influir negativamente en el proceso, convirtiendo nuestro pronóstico realmente en profecía “autocumplida”.

            La segunda, resultaría de utilizar en exceso el discurso moralizante, “el deberías o deberíamos hacer esto”. Utilizando un discurso sobre lo que es bueno o conveniente, que posiblemente aumentará nuestra atención e implicación con el caso. Pero que puede plantear intervenciones demasiado alejadas de las vivencias reales del menor, y metas que pueden resultar inalcanzables. La relación del adolescente con su familia, con su sexualidad, con el ocio, con las drogas, etc,  podría distar en exceso de los consejos o valoraciones que continuamente recibiese del educador/a. Minimizándose entonces poco a poco el posible impacto de nuestra intervención.

 

            Tengo la sensación de que entre las profecías y los discursos moralizantes, nos perdemos infinidad de experiencias que pueden servir al adolescente. Y especialmente en estos casos “difíciles” podría resultar interesante poner el acento en las vivencias que van teniendo y desde las que pueden obtener un pequeño aprendizaje útil para el futuro (porque toda su realidad no está a nuestro alcance cambiarla). Me vienen a la cabeza algunos ejemplos de situaciones que hemos vivido y en las que de una u otra forma fluctuamos entre estas posiciones: entre “se quedará embarazada” y “si quedas con desconocidos pareces una …”, entre “acabará robando como su familia” y “si te pones ropa robada eres cómplice”. Puede que olvidando que al quedar con un chico desconocido por internet, o al ponerse una prenda robada, el adolescente está teniendo una experiencia, una vivencia determinada (más o menos satisfactoria). A partir de la cual, aplicando una mirada diferente, seguramente podríamos ayudarle a adquirir algún tipo de aprendizaje.

 

            Tanto negar la posibilidad de que se produzca la experiencia, como condenarla en exceso, puede alejarnos del propósito de nuestra tarea educativa. Esta nueva posición no se puede confundir con un “laissez faire” o un “todo vale”. Todo lo contrario, pretende centrarse en buscar aquello que realmente pueda ser útil para el adolescente, previniéndonos de poder utilizar solo aquello que esté en función de satisfacer o justificar al educador/a.

 

@Nolotarín

La montaña (III).

3 marzo 2014 de

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Las primeras gotas de agua empiezan a caer. La niebla hace que a más de 10 metros no se pueda ver nada y cada 30 segundos un destello ilumina la zona, son rayos que están muy cerca de nosotros. Empiezo a agobiarme, necesito compartir opinión con otro compañero y dar solución a nuestro problema. Estamos al descubierto, parece que cada vez llueve más, y todo va a ir a peor. Me agobio mucho.  No sé qué hacer.  Voy a la mochila para coger mi móvil, mi compañero se llevó el walkie talkie, y empiezo a llamar al otro grupo para informarles de la situación en la que estamos y para averiguar cuál es la suya. No hay línea. No hay cobertura. Lo intento y lo sigo intentado.  He llamado más de 20 veces ya. La lluvia empieza a ser molesta.  Por fin me hago con ellos.  Les comunico cual es nuestra situación. Les digo que está lloviendo mucho y que la única opción que tenemos es montar tiendas y esperarlos en el mismo sitio que estamos. Insisto en decirles que les vamos a esperar donde estamos, que no nos vamos a mover. Ellos me dicen que están empezando a salir de la zona de clavijas. Están, como mínimo, a una hora de nuestra localización. Cuelgo.

Grito para llamar a los chavales, me estoy empezando a poner nervioso. Creo que la situación me está superando. Llueve mucho, y justo cuando les voy a empezar a explicar que vamos a montar tiendas recuerdo el momento en el que por la mañana, en el  Valle de Pineta, nos repartimos las distintas partes de las tiendas entre todos, y que eso implica que, posiblemente no tengamos ninguna tienda completa para montar. Pido la máxima colaboración a los chicos y chicas, y les explico que no estamos en muy buena situación y que tenemos que ser rápidos. Pido que cada uno vaya a su mochila y coja el material de la tienda que tengan y los juntemos todos.

Sólo tenemos tres cubetas de tiendas, por lo que tan sólo vamos a poder montar tres tiendas, y tan sólo un tipo de  dobletecho coincide con las cubetas de las tiendas que tenemos. La situación es complicada y veo imposible que podamos montar más de una tienda en condiciones. Aún así digo que se monten las tiendas como se pueda, que se olviden de las piquetas, estamos encima de rocas y no vamos a poder clavarlas, que utilicen piedras para agarrar las tiendas.

Mientras se montan las tiendas, llamo al campamento para explicar nuestra situación y la del grupo que llevamos atrás. Cada vez estoy más nervioso, cada vez llueve mas, cada vez caen mas rayos. De nuevo, no tengo cobertura. Lo intento más de 30 veces y no hay manera. Por momentos pienso en llamar al 112 y explicarles a ellos la situación en la que estamos, para que lo tengan en cuenta. Veo la situación muy peligrosa para un grupo de 30 personas, casi todos menores.  Pero no lo hago, sigo llamando al campamento hasta que me hago con ellos:

-          Hola Isaac, ¿cómo va?

-          ¡Muy mal! Las cosas no han salido como las teníamos planeadas.

-          Bueno, tranquilo. Aquí está empezando a llover.

-          Escúchame, rápido. Está empezando a granizar y caen muchos rayos, te tengo que colgar rápido.

-          Si, dime.

-          No hemos llegado al refugio de Goriz. Estamos divididos en dos grupos. Nosotros estamos en la cresta de Monte Perdido montando tiendas, el segundo grupo está en un punto entre la zona de clavijas y nosotros. La situación es muy fea. Está empezando a granizar fuerte.

-          No te preocupes. Aquí  los pequeños están terminando de ducharse.

-          Te repito. La situación es muy fea, graniza  fuerte y caen rayos muy cerca de nosotros. Estamos entre la zona de clavijas y el refugio de Goriz, en la cresta de Monte Perdido. Espero que tengáis noticias nuestras antes del mediodía.

-          Vale. ¡Que vaya bien!

Creo que la llamada me ha puesto más nervioso que otra cosa. Apago mi móvil y lo tiro sobre mi mochila. Miro las tiendas, como imaginaba sólo una está bien montada, las otras dos, están montadas como han podido. Llamo a los chavales. Les digo que si alguien tiene su móvil encendido que lo apague, la tormenta es eléctrica. Mando a que se metan en las tiendas. Me meto en una de ellas. Miro a mí alrededor y somos nueve personas  en una tienda que caben cuatro. Algunos están de rodillas, otros sentados, apoyados unos en otros, como podemos. Yo estoy en una de las esquinas delanteras. Hace viento, parece que en algún momento vayamos a salir volando, el granizo golpea muy fuerte la tienda.  Cada 30 segundos cae un rayo, que ilumina toda la tienda y hace temblar el suelo. Caen muy cerca de nosotros. Tengo miedo. Tengo miedo de que pueda ocurrir alguna desgracia. Creo que los chicos no son conscientes de ello. Durante 5 minutos me aíslo en mi esquina, necesito un tiempo para mí, para coger fuerzas y valor. No puedo caer en el miedo, los chicos dependen ahora sólo de mí.

Pido una linterna potente, por si alguien la llevaba encima. La voy a colocar fuera, en una piedra orientada hacia el camino que viene hacia las tiendas, para que cuando venga el otro grupo nos vea, me preocupa que por la niebla y el granizo no nos vean y pasen de largo. Sé que tal vez la linterna no aguante mucho tiempo en funcionamiento, pero eso me tranquiliza durante un rato. Al salir de la tienda, mi bota se mete unos centímetros sobre el granizo, al salir de la tienda me doy cuenta de lo fuerte que es la tormenta y de lo mal que lo está pasando el grupo que ahora mismo está caminando. Coloco la linterna, y voy al resto de tiendas para ver cómo están los chavales. Algunos están asustados, otros tienen frío, y en una tienda a empezado a entrar agua. Les digo que ya lo arreglaremos cuando pase la tormenta, si es que pasa.

Vuelvo a mi tienda. Me preocupa mucho el otro grupo. Lo deben de estar pasando muy mal. Cada 15 minutos salgo de la tienda para ver si por el camino veo luces. He salido ya como 4 veces de la tienda y no veo nada. Eso me asusta y me preocupa. La tormenta sigo igual, graniza mucho, hace viento y siguen cayendo rayos. Es horrible. Por fin veo luces, les hago señales con mi linterna, durante dos minutos. Espero que me hayan visto.  Entro en mi tienda y esperamos. A los 20 minutos, oigo voces. Salgo rápido de la tienda, veo a Jorge, me alegro. Le explico la situación, sólo tenemos tres tiendas montadas. Pedimos a los chavales que entren en las tiendas, como puedan, es lo que hay. Ahora somos 32 en tres tiendas. Nos quedamos los 4 educadores fuera, y valoramos la opción de en cuanto la tormenta afloje un poco intentaremos montar mas tiendas.  Veo las caras de mis compañeros, están congelados, los chavales también. Entro en mi tienda, estamos mucho mas apretados. Una de las chicas que acaba de llegar con el segundo grupo está llorando mucho. Lo ha pasado muy mal, se acaba de romper al ver a sus compañeros. Dice que pensaba que no iban a llegar hasta aquí.

Ha pasado 15 minutos desde que el segundo grupo ha llegado y parece que la tormenta aflojado. Salgo de la tienda y llamo a mis compañeros. Vamos a intentar montar otra tienda. Buscamos entre las mochilas, que están completamente mojadas, y encontramos material para montar otras dos tiendas.  Así lo hacemos. Dividimos a los chavales.  Les digo a mis compañeros que entren en una tienda y se quiten la ropa mojada, es el momento de intentar entrar en calor. Voy por las tiendas y les digo a los chavales, que aquellos que tengan la ropa mojada se la quiten. Para algunos es difícil hacer esto y quedarse en ropa interior, pero es muy importante para dejar de tener frío. Fuera sigue lloviendo, voy a las mochilas y una a una las voy mirando en busca de ropa seca. Casi todo está mojado. Consigo rescatar algunas camisetas de manga corta y un par de sudaderas y pantalones, y tan sólo dos sacos de dormir secos. Lo reparto entre los chavales.

Entro en una tienda con mis otros tres compañeros y dos chavales. Son las 21:00h de la noche. Parece que la tormenta afloja y la malo ya ha pasado, pero la gente tiene mucho frío. Decidimos ir de nuevo a las mochilas y buscar la cena, como es imposible cocinar, damos de cenar el desayuno, unos zumos y batidos con bollería. Por la mañana desayunaremos la cena.

La noche se hace eterna, muy eterna. Con mucho frío y mucho viento. Sin casi sitio en las tiendas. Con agua dentro de las tiendas. Sin abrigo. Salimos por última vez de las tiendas  para avisar a los chavales que vamos a pasar así la noche, que intenten dormir y que se junten para darse calor. Volvemos a nuestra tienda. Empezamos a bromear, lo necesitamos.

Es casi imposible dormir, estamos unos encimas de otros. Uno de mis compañeros esta casi desnudo, tiritando de frío. Lo abrazo para darle calor, intentamos dormir. Me pongo unas bolsas de basura en los pies, estoy justo donde ha entrado agua en la tienda. Vamos durmiendo casi por turnos y cómo podemos.

Sale el sol. Salgo de la tienda. El cielo está despejado. Ya ha pasado todo. Ahora toca volver al campamento.

Pensamientos de @Nolotarin: “Esto me tenía que pasar a mi”

17 febrero 2014 de

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La cuestión es que llevábamos días diciendo que teníamos que quedar con Mohamed, había dejado el centro de acogida hacía unos meses, y todo eran noticias de que se estaba echando a perder… Había algo dentro de nosotros que nos hacía sentirnos incómodos, la sensación de tenerlo tan cerca y no estar haciendo nada, de al menos intentarlo. Pues finalmente quedamos en buscarlo. Intentamos contactar a través de un amigo, y lo que son las cosas… nos comentó que Mohamed ya no vivía en Valencia, que se había ido hacía unos días a Villareal y que de allí se marcharía a Barcelona. Pensamos que habíamos llegado tarde… aún así le dijimos que si por casualidad le llamaba (ya que no teníamos su móvil) le diese nuestro número porque queríamos quedar con él. Esa misma tarde a las siete me sonó el teléfono, era Mohamed preguntando qué pasaba, y dicho y hecho nos citamos horas más tarde en el lugar donde ahora vivía (a unos 80 km de donde estábamos). Llegamos en el coche sin mucha certeza de cómo le íbamos a encontrar, incluso con dudas razonables de que no apareciese y el viaje fuese en balde, pero no fue así. Allí nos estaba esperando, recién duchado, afeitado, bien vestido, muy diferente a cómo le habían visto por nuestro barrio o a su aspecto en las fotos del  “Tuenti”. Nos saludó cariñoso, con un abrazo. Dimos varias vueltas para encontrar un lugar en el que sentarnos a charlar y fuimos a parar al sitio perfecto. Estaba comunicativo, un poco nervioso, sin facilidad para hablar el castellano. Poco a poco fue contándonos su intensa vida durante estos últimos meses, triste y estremecedora. Lentamente Iba dando detalles de cómo y con quien había vivido, de cómo había estado robando bicis, abriendo coches, pasando drogas, pegando tirones… No para alardear o contar aventuras, todo lo contrario se le notaba apurado, arrepentido de algunas cosas. Cómo si necesitase contarlo para liberarse (sobre todo del daño hecho a personas, expresaba avergonzado que no se explicaba cómo había sido capaz de arrancar cadenas del cuello a varias personas mayores). Reconocía la relación de todo esto con las drogas, que se ponía “hasta el culo” cada vez que salía a robar, que luego el dinero conseguido no le duraba nada, que se lo fumaba o gastaba en tonterías “el dinero que rápido viene, rápido se va” comentaba.

Decía que llegó un momento en que se vio fatal, que no se reconocía a si mismo, que le entró miedo de que lo metiesen en la cárcel, de que se buscase “la ruina”… y que un amigo suyo marroquí le ofreció marcharse a Castellón a  recoger naranja y no se lo pensó. Dice que había trabajado ya unos días, que le habían hecho papeles, que incluso ya había cobrado algo de dinero.  Estaba viviendo en un apartamento con diez personas más, la mayoría pakistaníes, tenía que pagar por todo (100 euros por la casa, 6 para que le lleven en coche, otros 10 para que le dejen trabajar…),  pero decía que “es lo que hay y dependes de esa gente para poder trabajar”.

Estaba en un momento de “buenas intenciones”, de querer rehacer su vida, reconociendo errores y valorando cosas pasadas. Y la verdad a Mohamed se le veía auténtico en ese intento, evidentemente muy frágil, teniéndose que buscar la vida en condiciones muy precarias, creyendo tener superado más de la cuenta (porque hacía apenas unas semanas de su cambio). Pero al menos convencido y consciente de lo vivido.

Le fuimos preguntando sutilmente, con cierto humor… por sus últimos meses en el centro de acogida, por el gasto de sus ahorros, por la pérdida del trabajo, por su viaje a Marruecos, por cómo se había juntado con la gente del barrio, por el piso en el que había estado viviendo…  Con mucha serenidad fue hablando de todo ello, reconociendo las vivencias que había tenido, sin echar la culpa a nadie, asumiendo sus propios errores. Concluyendo con una afirmación terrible pero puede que cierta “da igual donde hubiese ido, esto me tenía que pasar”.  A su modo puede que nos estuviese diciendo que su compleja historia de vida necesitaba ese “dejarse llevar” para empezar a tener de nuevo algún sentido. Reconocía lo mal que lo había hecho con los educadores y con el centro, pero decía que tal como estaba no podía dar la cara… para qué, para que le viésemos drogado o borracho, sin ducharse, habiendo robado… le avergonzaba y se notaba que hablaba con sinceridad.

Entonces empezamos a darnos cuenta de lo oportuno de nuestro encuentro, igual no habíamos llegado tarde sino en el momento exacto, posiblemente quince días antes no hubiésemos podido cenar con él. Nuestra “buena intención” no hubiese coincidido con su “mal momento”. Notamos que estábamos siendo un refuerzo para él, el cauce a través del cual poder decirse a si mismo las cosas. En aquel momento Intentamos sobre todo escuchar con respeto, alejarnos de emitir ningún tipo de juicio y menos aún de soltarle ningún “rollito” moralizante. Nos ceñimos a expresarle que nos habíamos alegrado un montón de estar con él, le animamos a llamarnos cuando pasase algún tiempo, a ver si volvíamos a quedar y nos contaba como le iba. Le dijimos que se cuidase, que intentase no volver en un tiempo por Valencia… nos despedimos  con un fuerte abrazo. Volviendo en el coche se hizo silencio. No sabíamos si el encuentro a Mohamed le sería de utilidad, la verdad lo tenía demasiado complicado… Pero a nosotros sí nos había servido y mucho, principalmente para comprender mejor la complejidad de su vida y sobre todo para no perder la esperanza en nuestro trabajo.

@Nolotarin

Pensamientos de @NoloTarin: “Décimas de segundo”

28 enero 2014 de

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Esta mañana nos han llamado del instituto para comunicarnos que Sandra lleva dos días sin asistir. Era de prever, desde hace un par de semanas está nerviosa y con escasa motivación. Además el fin de semana ha tenido problemas en su casa. A las 13 horas llega al centro de acogida como si nada. El educador le pregunta por las clases y ella contesta que bien, pero que le han dejado salir un poco antes.  Se le recuerda la importancia de decir la verdad aunque no sea positiva, que no vale la pena romper la confianza porque al final todo se sabe… la adolescente que comienza a ser consciente “de lo evidente” se pone rápidamente a la defensiva. El educador intentando mantener la calma y con cierta asertividad, le plantea que no podrá usar el ordenador, ni pasar la tarde con el resto de sus compañeros. Ya que no ha cumplido una de sus principales responsabilidades. Sandra comienza a subir el tono de voz y sale al pasillo, dice que no le da la gana y que va a utilizarlo. Por suerte el resto de menores no está presente, se han subido a sus habitaciones o a ver la televisión. Sandra ya totalmente alterada insulta al educador y por la fuerza entra en la sala del ordenador. Con todo el griterío ha acudido otra educadora, que intenta mediar, pero que acaba también recibiendo insultos y amenazas. La situación se ha complicado y casi en décimas de segundo los educadores tienen que tomar una decisión…

Si pudiésemos congelar este momento y sentarnos tranquilamente en el despacho para valorar la escena, seguramente veríamos con claridad las posibles opciones. Pero en ese instante resulta tremendamente difícil, la mente se nos “aturrulla” con la tensión, y saber qué hacer parece misión imposible. El criterio educativo se nos escapa y actuamos muchas veces condicionados por las emociones del momento. Nos guía el instinto, la experiencia, la supervivencia… con habilidades o sin ellas acabamos improvisando una decisión, que intentamos llevar a cabo casi siempre con buena voluntad pero solo a veces con acierto.    

En esas décimas de segundo radica una parte fundamental de la grandeza y de la fragilidad de nuestra profesión. Es cuando tendría que activarse todo el entramado pedagógico que configura y estructura nuestra tarea educativa (Evaluación/Diagnóstico, PEI, Técnicas, Método, Relación, etc). Pocas veces lo conseguimos, ocurre todo muy rápido… pero si la situación no nos pilla demasiado desprevenidos, podemos llegar a ralentizarla y ser capaces de identificar algunas posibilidades:

-       Podríamos coger a Sandra y sacarla a la fuerza de la sala del ordenador, haciéndole ver con un gesto físico que existe un límite claro y unas consecuencias a su comportamiento. Consiguiendo así que cambiase su actitud.

-       Pero también podríamos decirle a Sandra que si no nos hace caso y quiere usar el ordenador es un problema suyo. Que lo piense, porque nosotros no vamos a sacarla a la fuerza de la sala. Dejándola un rato sóla, para intentar retomar más tarde la situación cuando haya disminuido la tensión y pueda asumir las consecuencias.

Si nos preguntamos ¿cuál es la opción correcta?. Me atrevería a afirmar que cualquiera de las dos, siempre que respondan a una intención educativa y se realicen conforme a la misma. Ya que lo que da validez a cada una de ellas no es únicamente la resolución del conflicto, sino lo que podemos enseñar al adolescente al hacerlo. Además la interacción entre educador y adolescente cada vez es única y diferente, no se puede establecer un patrón fijo para la intervención educativa. Pero no por ello tiene que quedar la misma a merced del azar o la improvisación. Al menos en ese instante tendrían que emerger tres cuestiones básicas ¿qué está ocurriendo?, ¿cómo estoy yo – qué capacidades tengo? y ¿dónde – con quién estoy?. Porque no es lo mismo que Sandra esté haciendo una llamada de atención, que tenga una rabieta o que me esté desafiando. Que yo esté solo en el centro o acompañado, que esté tranquilo o afectado por la situación, que tenga un vínculo afectivo con Sandra o que aún no haya conectado con ella…          

De esta compleja interacción tendría que surgir el criterio educativo: “qué puedo enseñar yo, en este justo momento, a esta adolescente concreta”.

Nos debieran preocupar aquellas actuaciones que no dejen claro el aprendizaje para la menor, que solo respondan a una reacción emocional o que se queden a “mitad camino”.  Por ejemplo; si intento sacar a Sandra de la sala y acaba empujándome, si ella reacciona con violencia y yo me pongo nervioso, si el espacio físico es peligroso y nos podemos hacer daño. Pero también, si me empeño en que salga de la sala con infinidad de indicaciones ineficaces, o con amenazas que no se cumplirán. Si mi tono de voz y mi lenguaje corporal se violentan y Sandra los interpreta como una ofensa o agresión. Si Sandra percibe que no actuamos porque nos da miedo, o porque no nos importa. Si luego no somos capaces de establecer consecuencias o de retomar la experiencia con ella.

Evidentemente parece casi imposible realizar este ejercicio en tan poco tiempo y sometidos además a una elevada presión. Sólo con el entrenamiento constante de revisar con humildad y rigor pedagógico cada situación que se va produciendo (“a qué intención educativa ha respondido nuestra acción, cómo la hemos realizado y qué hemos conseguido enseñar”). Podemos ir poco a poco acostumbrando nuestra mirada y nuestro “hacer”. Para que cómo el actor que aprende a improvisar, nuestras intervenciones educativas adquieran progresivamente madurez y consistencia profesional.  

@Nolotarin          

La montaña (II)

22 enero 2014 de

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Los chicos y chicas están algo nerviosos, yo también. Tenemos delante la montaña, y desde abajo vemos el gran desnivel que tenemos que subir en pocos kilómetros, estoy convencido que nos va a costar, pero que vamos a poder con la montaña. Antes de comenzar a subir, hacemos reparto de comida y de tiendas.  Unos frutos secos, mandarinas, latas de raviolis y albóndigas, zumos, batidos de chocolate, bollería, por otro lado, piquetas, palos, sobre techo,etc…  la premisa es que lo llevemos todo bien repartido, para que nadie tenga demasiado peso en su mochila, y conforme se vayan necesitando las cosas iremos sacando de nuestras mochilas.

A la media hora de camino, se empieza a notar la exigencia de la travesía, el grupo de 30 personas se divide, de forma natural, en dos pequeños grupos, uno de  18 personas y el otro de 12. Cierro el primer grupo, lo encabeza mi compañero que marca el ritmo y las paradas. Detrás, todavía cerca, llevamos al otro con otro dos educadores.

Justo antes de parar a almorzar el cielo empieza a volverse negro, eso me asusta. Llevamos todo el campamento con lluvias muy fuertes e intensas, y nos vendría muy mal que nos lloviera durante la travesía. Mi preocupación se hace realidad, justo después de almorzar y tan sólo llevando algo menos de dos horas de camino empieza a caer un granizo fuerte.  Miro a mi compañero, él  me mira y al mismo tiempo nos encojemos de hombros, no hay otra opción que seguir hacia adelante. El cielo es negro intenso, ya no vemos por detrás al otro grupo, aunque seguimos manteniendo comunicación por Walkie-Talkei.  Paramos para ponernos los chubasqueros, al granizo le acompaña una ligera lluvia. Es incomodo, el granizo me hace daño, cae fuerte. Ninguno de los chicos y chicas se queja, seguro que a ellos también les hace daño el granizo.  Graniza durante unos 20 minutos, luego sólo llueve, lluvia ligera e incómoda. Luego sólo pasamos al negro del cielo. Luego sol.  El sol me tranquiliza, me da paz.

Llevo justo delante de mí a los dos chicos del Centro de Día, son fuertes, y están siguiendo el ritmo marcado. Me preocupa más el grupo de detrás, parece que nos llevamos media hora de diferencia, y el tiempo va en aumento.  Aún así, ninguno de los dos grupos lleva el ritmo que nos queríamos haber marcado, la pendiente es fuerte. Vamos con mucho retraso.  Llegamos al punto de comida sobre las 15H. Comemos, y decidimos descansar un rato para recuperar fuerzas y esperar a ver si el grupo de detrás nos alcanza. El cansancio hace que ese pequeño descanso se convierta en una “minisiesta”, todos nos quedamos dormidos, si….todos, incluido mi compañero y yo. ¡Que error tan grande! ¿Cómo me he podido quedar dormido? ¿Cómo nos hemos podido quedar  todos dormidos?  A día de hoy todavía no lo entiendo. Vamos despertando a los chicos y chicas, es momento de ponerse de nuevo en marcha.  Justo antes de salir, nos alcanza el segundo grupo. Nos saludamos y los chicos y chicas intercambian conversaciones, los educadores hacemos una pequeña reunión, la conclusión es que dentro de las posibilidades  debemos de llevar un ritmo más fuerte, es tarde y puede ser que nos quedemos sin luz antes de llegar al refugio de Goriz y eso supondría un gran problema. Salimos el primer grupo, el segundo se queda a descansar un rato.

La montaña nos vuelve a sorprender al rato de retomar el camino. Desde la Guardia Civil y Montaña Segura nos habían asegurado que no quedaba nieve (hielo) por el camino, pero no es cierto, nos encontramos con grandes placas de hielo que tenemos que atravesar, de uno en uno, con cuidado y prudencia, esto nos retrasa bastante durante un buen rato. El cielo empieza a volverse grisáceo, está cayendo el sol, y por desgracia, empiezan a aparecer nubes de color oscuro. Empiezo a tener un mal presentimiento.  Llegamos a una zona peligrosa y que exige destreza para superar un paso con clavijas y cadenas. Tenemos la suerte de superar ese tramo sin problemas. Perdemos la comunicación por Walkie-Talkie con el otro grupo, aunque sí que mentemos contacto visual, de momento.

Al pasar la zona de clavijas, nos empieza a cubrir una niebla intensa, no ha visibilidad a unos 20 metros, el cielo es oscuro. Pienso en el segundo grupo, lo más seguro es que tengan que superar la zona de clavijas con niebla, y eso me hace sentir miedo. Perdemos el contacto visual con el segundo grupo.  Decidimos parar en la cresta de Monte Perdido antes de continuar hacia el refugio de Goriz.  Es tarde, son casi las 19:30H. El sol cae, y ahora, vemos a lo lejos, una gran tormenta que se acerca hacia nosotros descargando rayos y mucha lluvia. Mi compañero y yo valoramos que es importante comunicarnos con el segundo grupo. Hay momentos en los que tenemos cobertura de móvil, así que tras muchas llamadas, conseguimos comunicarnos con el segundo grupo. Están en la zona de clavijas, nos comunican que los chicos y chicas tienen miedo, e incluso hay algunos que no se ven capaces de atravesar la zona y están llorando.  Mi compañero decide dar marcha atrás e ir a la zona de clavijas para ayudar a los chicos y chicas y a los otros dos compañeros.

Me quedo solo con el grupo de chicos y chicas, la decisión es esperar al segundo grupo en el mismo sitio que estamos, sin movernos. La tormenta la tenemos casi encima, empieza a soplar viento. Tengo frío, me abrigo. Animo a los chavales a que se abriguen.  El cielo es completamente negro. Empiezo a pensar que podemos hacer.

 

Pensamientos de @Nolotarin:”Profesionales que lloran.”

9 enero 2014 de

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(al día siguiente de la despedida de un joven que dejaba el centro de acogida después de 6 años y tras alcanzar la mayoría de edad)

Josué se ha marchado… y hemos llorado.

Lágrimas a flor de piel y por dentro. Lágrimas en la intimidad y expuestas al grupo.

Lágrimas fruto del afecto, de lo vivido durante intensos años de convivencia. Y lágrimas también, que expresan preocupación, inquietud, incluso miedo, ante un futuro demasiado incierto.

Tenemos motivos sobrados para sentirnos satisfechos del trabajo realizado. Pero la enorme fragilidad del momento, hace muy difícil agarrarse a ellos.

Nuestras lágrimas no son paternalistas, ni dependientes. Tampoco son las del padre que no quiere dejar volar del nido. Son más bien lágrimas responsables, afectivas, conscientes de los complejos retos que se afrontan.

Son lágrimas profesionales, de quienes se han implicado con pasión y convencimiento en la tarea educativa. Lagrimas que no alejan del norte del criterio educativo, ni restan un ápice de competencia profesional. Todo lo contrario, son lágrimas que generan humanidad y por lo tanto acercan a las personas, sitúan al educador en el centro de su cometido.
En este trabajo no dejamos de aprender, ahora a despedirnos o seguramente mejor dicho a acompañarnos en momentos, cambios y decisiones que van construyendo la vidas de los menores y seguramente también las nuestras.

@Nolotarin


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