Pensamiento de @Nolotarín : “Casitas verdes”

21 octubre 2014 by

22h

(Comentario tras la visita al domicilio familiar de una menor tutelada de 17 años, con la intención de hablar con su madre del posible regreso a casa, después de más de 6 años en un centro de protección) 

Había estado hace años en las “casitas verdes”, muchas veces he pasado en coche por delante, y sabía lo que allí se mueve…  parecido a lo que ya he visto en otros barrios. Pero tengo que reconocer que el jueves fue una experiencia diferente, impactante. Es alucinante que en nuestra ciudad exista un lugar así, una especie de reducto de suciedad, pobreza, inadaptación, de vida al margen de la ley y de cualquier normalidad posible.  Las calles llenas de basura, pero algo exagerado… todas las casas estropeadas, como si hubiese estallado una guerra. Las escaleras rotas, quemadas, pintadas, los buzones, las ventanas arrancadas… y gente muy particular mirándonos desafiantes en los patios y balcones.

La casa de Luisa un poco mejor, sencilla, limpia para la ocasión, con el piso reformado, pero sin ningún exceso… cocina de camping-gas, puertas estropeadas, pero mobiliario apañado. Mucho mejor que la escalera que acabábamos de subir. Luisa con el batín clásico y la compañía inevitable de la tele y un turbio café con leche. Enseguida gritos de los vecinos, golpes en la puerta de al lado y sirenas de coches de policía en la calle identificando a “sospechosos”. La conversación discurre según lo previsto: Luisa receptiva pero con su doble discurso, incoherente por si mismo pero posiblemente natural en su vida (“no quiero que vivan esto, pero si quieren que vengan aquí”). Después visita de una vecina con su bebé y al irnos parada en casa de la Rosario, la que parece manda en el territorio. Con ella otra sensación, una mezcla de abuela protectora y de bruja o sacerdotisa inquietante.

 Pero lo más fuerte de todo, fue observar en todo momento a nuestra Tamara tan tranquila. Ver con perplejidad su familiaridad con la situación, no parecía nada inquieta. Estaba allí medio recostada en el sofá, tomando su café con leche, cómo si lo hubiese estado haciendo cada día durante estos últimos 6 años. No parecía que le hubiese impresionado como a mí la escalera, a pesar que por lo que sabemos solo la haya subido una o dos veces más desde que era pequeña. Tampoco pareció sentirse incomoda en el ambiente diferente de casa de la Rosario, ni tampoco inquietarse ante los hombres del portal que nos desnudaron con su mirada y menos aún con los policías que registraban a una mujer en la esquina. Tampoco parecía recordar los malos momentos allí vividos y que provocaron las medidas de protección.

No sé si será inconsciencia, huella genética, amor de madre, capacidad de adaptación, ansias de libertad, instinto de supervivencia o yo que sé… pero la verdad no deja de ser sorprendente. Cómo se puede pasar de la “normalidad y el confort” del centro de protección, al extremo de la precariedad y la inadaptación de las casitas verdes… y de primeras apenas notarlo. Me parece a la vez tremendamente dramático, tener que a los 17 años lidiar con una situación así y tampoco percibirla en toda su dimensión. La verdad, yo con mis conocimientos no sé llegar a explicar bien que es lo que ocurre (y eso que ya lo he visto en otros casos), pero lo cierto es que me sigue pareciendo algo muy, muy complejo. Mucho más de lo que en nuestros discursos del día a día valoramos. Creo que debiéramos ser más comedidos cuando emitimos juicios sobre los comportamientos o actitudes de los menores. Porque lo que viven es tan complejo, sus mecanismos internos de funcionamiento están tan distantes de los nuestros, que puede que nuestros criterios y prácticas educativas queden en muchas ocasiones demasiado lejos de sus vivencias. No sé, cuando regresaba al centro venía pensando esto, miraba a Tamara y me sobrecogía la enorme complejidad de su vida. De la que en lo cotidiano a veces me olvido, saturado por sus inmadureces o actitudes egoístas. Mis valoraciones no debieran olvidar nunca el máximo respeto por quien le toca vivir algo tan “jodido”.

@Nolotarin   

¿El Educador/a Social nace o se hace?

2 octubre 2014 by

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Para responder a esta pregunta no me voy a detener en estudios o en autores que ya han elaborado sus posibles tesis sobre este tema, voy a intentar hablar desde la experiencia personal, que considero que es lo que nos hace ricos en conocimiento y aprendizaje a los profesionales que trabajamos en este campo.

Considero que el Educador/a Social no nace. No puede nacer. Estoy convencido que el Educador necesita de espacio y experiencias para hacerse y sobretodo para ser. Hacer y ser para el Educador avanzan en la misma dirección y al mismo ritmo.

Decir que el educador “se hace” significa en un primer momento admitir que el Educador se encuentra en continuo aprendizaje cada día, en continua mejora. Decir que el Educador “se hace” es ser capaces de reconocer que vamos a estar dispuestos a admitir que cada día que pasa el Educador es capaz de aprender de cada una de las intervenciones que tiene, de cada uno de los errores que comete y de cada una de las alegrías y éxitos que consigue. El Educador se hace siendo humilde y reconociendo sus carencias y faltas, que es lo que le llevará al día siguiente a una mejor tarea educativa, el Educador se hace en cada tropiezo educativo y en cada reflexión que de camino a su casa hace.

Pero aún considero más importnate la opción de que el Educador “es”, y sí,me arriesgo a decir que el Educador es siempre. Sin un testimonio real de vida y coherente el Educador pierde capacidad de intervención, pierde capacidad de convertir en estimulante cada una de aquellas cosas de las habla. Las personas con las que trabajamos tienen derecho a vernos creer en todo aquello que transmitimos, si no, tal vez, la acción socioeducativa no podría existir.

Pensamientos de @Nolotarin: “La incapacidad para el cambio”

12 julio 2014 by

2mar

Estos días no puedo dejar de pensar en Jose. Me invade su recuerdo, me preocupa su futuro, pero sobre todo me inquieta cómo hemos llegado a esta situación. Posiblemente Jose es el último caso de una larga lista de menores sobre los que actúa el sistema de protección desde bien pequeños, que crecen en instituciones que les intentan aportar lo mejor de si mismas, pero que cuando se hacen mayores parece que echan por la borda todo el trabajo realizado con ellos. Jose y sus hermanos nacieron y pasaron su primera infancia en un entorno muy carencial; la precariedad económica, el consumo de drogas y la violencia rodeaban a unos niños que merecían poder crecer sin tantos condicionantes y en un entorno más esperanzador. Técnicos de los servicios sociales, profesores, incluso algún voluntario, contribuyeron a que Jose y sus hermanos accediesen al sistema de protección de menores. El acogimiento residencial les permitió vivir una segunda infancia con más oportunidades y a la vez mantener la relación con una madre a la que se sentían vinculados a pesar de la situación. Han pasado ocho años de intenso trabajo educativo, de altísima inversión en recursos de todo tipo (formativos, deportivos, de tiempo libre…). Pero Jose, cuando aún le quedaban dos años para alcanzar la mayoría de edad, ha decidido regresar al entorno familiar precario y carencial del que se le intentó “rescatar”. Su marcha no puede dejar indiferente, no solo por el afecto y la vinculación, sino también por las dudas y preguntas que puede suscitar respecto a nuestra labor profesional. A mi parecer uno de los aspectos más duros del trabajo educativo es convivir con infinidad de casos que “acaban mal”. Me parece sobrecogedor tener que aceptar que con ellos no podemos hacer nada, que no está en nuestras manos, que hay una parte del cambio que depende de la propia persona… Imagino que el médico que trabaja con enfermedades difíciles sentirá algo parecido, aunque en nuestro caso la relación educativa y las oportunidades rechazadas lo hacen más gravoso. Otras veces he escrito sobre las segundas oportunidades, sobre el fruto del trabajo educativo en el medio o largo plazo, pero hoy no me consiguen consolar mis propias argumentaciones. Me enfrento a la demoledora realidad de la incapacidad para el cambio, que hoy afecta no solo a Jose, sino a todos los profesionales que hemos actuado con él. Las típicas preguntas que continuamente nos lanzan los “enemigos” de lo social y lo educativo dejan hoy de ser inocuas: ¿Es posible romper el círculo de la marginalidad y la pobreza?,¿Cuál es la capacidad del trabajo educativo para generar cambios?, ¿Son adecuadas las medidas que articula el sistema de protección? ¿Vale la pena tanta inversión de recursos para tan escasos resultados?… Pero tranquilos, que no me voy a doblegar ante ellas, ni se va a apoderar de mí el pesimismo existencial que transmiten. Está claro que ni Jose, ni nosotros hemos podido esta vez, pero han existido muchas más veces y aparecerán muchísimos más casos. Pero tampoco me satisface el victimismo (“no podemos hacer nada”), ni la culpabilización (“ha perdido su oportunidad”). Hoy aprendo que el trabajo educativo supone aceptar que a veces no podemos generar cambios, pero a la vez creer firmemente que la persona siempre tiene posibilidades de hacerlos. Esta afirmación para mí supone un doble compromiso: Uno actitudinal; comprender mejor la compleja situación que viven muchos menores y reafirmarse en la apuesta incondicional por cada caso nuevo que nos llegue. Y otro técnico; evaluar con rigor la intervención que hemos realizado. Y hacerlo no tanto para valorar resultados o establecer responsabilidades, sino principalmente para mejorar nuestro conocimiento sobre la realidad de casos como el de Jose. Y poder explorar entonces nuevos modos de intervenir con realidades tan complejas, que puedan mejorar nuestra respuesta. Sólo así nuestro trabajo podrá escapar de la frialdad institucional o del exceso de voluntarismo profesional que pueden crear estas situaciones. Que Jose retome en un futuro algunos beneficios de nuestra intervención parece una posibilidad. Si somos capaces de aprender de este caso, será una realidad que otros menores puedan encontrar una mejor respuesta a sus necesidades.

@Nolotarin

Carta abierta a los vecinos (indignados) de Benicalap.

12 junio 2014 by

Soy Educador de profesión, por vocación y por convicción y trabajo desde hace 4 años en un proyecto social con menores, inmerso en un barrio de la ciudad de Valencia. Y no, no es un proyecto de la Casa de la Caridad . Escribo esta  carta a los vecinos de Benicalap  por las últimas protestas a raíz del nuevo proyecto de la Casa de la Caridad. Escribo desde la reflexión y desde el sentimiento humano y profesional, ya que yo también me siento indigno y preocupado al escuchar a los vecinos de mi barrio decir que no quieren ‘a mendigos y toxicómanos paseando por su barrio’

La Casa de la Caridad de Valencia tiene pensado – y va a ser un hecho- ofrecer en el barrio de la Benicalap ‘un recurso a personas sin recursos en estado convaleciente, a familias y a niños en exclusión social’, un recurso totalmente justificado en una sociedad como la nuestra y apropiada para el siglo en el que vivimos. Soy una persona que confía y cree en los demás, también en una institución como la Casa de la Caridad, y por ello me creo este proyecto, y desde la profesionalidad no veo a los ‘mendigos y a los toxicómanos’ en este proyecto. No quiero hacer demagógia, pero claro, no veo a los vecinos de Benicalap en la TV diciendo que no quieren en su barrio a familias pobres, desestructuradas y excluidas de la sociedad en su barrio, eso quedaría muy inapropiado, por eso, tal vez, utilicen las palabras “mendigos y toxicómanos”  que son mucho más mal sonantes (para ellos).

Por un momento supongamos que es verdad lo que dicen parte de los vecinos de Benicalap, que dicho centro, va a ser un albergue para personas sin techo y punto de entrega de metadona. Vamos a imaginar durante un momento. Sería fantástico. Sería ideal que una entidad realizara un macroproyecto  con esta finalidad. ¿os imagináis en el barrio de Benicalap, a las 8 de la mañana, ver salir por la puerta del centro a un hombre de 45 años, recién afeitado y duchado, con la energía de afrontar un nuevo día y con fuerza de cumplir sus sueños?. Yo me lo imagino, y tal vez, el resto del barrio de Benicalap debería de desear eso.¿os imagináis a un padre que haya recuperado la relación con su familia después de 3 años al haber dejado de consumir drogas? Yo me lo imagino, y tal vez, el resto del barrio de Benicalap debería de desear eso.Pero todo esto son suposiciones que realizo en cuestión de segundos al escuchar a algunos vecinos del barrio hablar delante de la prensa ante afirmaciones erradas.

Lo que deberían de repensar los vecinos de Benicalap es que se están levantando ante un proyecto social en su barrio, un proyecto que siempre albergará oportunidades para rehacer una vida a familias, niños y jóvenes en exclusión social. Un proyecto social siempre cree en las personas, siempre  se encuentran dispuestos a guiar y a acompañar a las personas que los necesiten, sin juzgar ni valorar, con un único fin, crear y desarrollar una sociedad digna y de bienestar. Ir en contra de este proyecto es ir en contra de la humanidad y del sentido común, es estar en contra de la esperanza y es inhumano.

Me cabreo y estoy algo confuso, no entiendo nada de lo que ha ocurrido la última semana.¿ tan molesto es un proyecto que cree en los nuevos sueños de las personas ? ¿tan dañino es creer en los demás? ¿tanto nos cuesta dar nuevas y primeras oportunidades ? Mañana volveré a mi trabajo en otro barrio de la ciudad a trabajar con personas en las que creo,  en un barrio donde creo que con mucho esfuerzo se puede conseguir grandes cosas.

Pensamientos de @Nolotarín : “Profesionales de la vida cotidiana”

12 mayo 2014 by

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El otro día tomando un café con unos amigos maestros, surgió en la conversación una pregunta sobre el salario de un educador en un centro de menores. Cuál fue mi sorpresa cuando ante mis quejas, valoraron que cobrar 1200 euros por cuidar y acompañar a unos cuantos niños les parecía más que razonable. Para ellos, llegar al trabajo y recoger a niños del colegio, hacer apoyo escolar, deporte, incluso ver la tv o ir de compras… no se podía comparar con el trabajo de un profesor. Argumentaban que el educador no tenía que programar cada día, ni impartir clases que hay que preparar, ni corregir y evaluar, ni hacerse cargo de 25 niños en un aula, etc. Incluso llegaron a observar ventajas en los horarios especiales, ya que por las noches o durante los fines de semana la exigencia del trabajo no se podía comparar con la de otras profesiones (como por ejemplo las sanitarias). Para el educador los horarios extraordinarios solo suponían vigilancia o realizar actividades de ocio (hacer deporte, ir de excursión, al cine, al parque, etc). Yo reaccioné rápidamente, evidentemente en un ataque de corporativismo feroz salí en defensa de la profesión. Defendí con contundencia que el educador también programa, prepara y evalúa cada acción, que se enfrenta con frecuencia a situaciones muy complejas de conflicto, sufrimiento, violencia o desmotivación… Que su tiempo casi siempre es todo de atención directa (como mínimo 35 horas a la semana). Y que además asume muchas veces horarios difíciles de conciliar con cualquier tipo de vida familiar. Por lo tanto para mí el salario ya mencionado, no reconocía adecuadamente los valores y exigencias de este trabajo.

Pero más tarde para mis adentros, tuve que reconocer que posiblemente mis amigos seguramente sin darse cuenta, habían tocado unos de los aspectos más “delicados” para esta profesión “la gestión de la vida cotidiana”. Entiendo que pretender argumentar que un saber técnico se puede desarrollar viendo la tv con los menores, haciendo deporte o jugando en el parque, resulte cuanto menos ambicioso. Únicamente es posible si conseguimos justificar estas acciones como educativas, pedagógicas y por lo tanto técnicas. Demostrando que a través de las mismas el educador conoce, comprende, y crea vínculos con el menor. Implementando un proyecto educativo individual y/o grupal, desde el que interviene en sus contextos de socialización. Creo sinceramente que acompañando, jugando, realizando tareas domésticas, incluso vigilando se puede enseñar y educar. Pero sobre todo estos momentos de vida cotidiana constituyen el espacio en el que el profesional construye la relación educativa. Como para el maestro su clase o para el terapeuta la entrevista, para el educador aparece la vida cotidiana como espacio de intervención. Me atrevería a decir que depende como se aproveche su gestión, se cualificará o desvirtuará la profesionalidad del educador/a. Evidentemente no todo el tiempo puede ser instrucción o educación para un menor, pero si cualquier tiempo permite construir una relación educativa desde la que articular una intervención técnica y cualificada.

Es cierto que para los educadores/as de espacios residenciales el reto de gestionar la vida cotidiana es mayor. En los espacios de medio abierto el tiempo de atención directa suele coincidir con actividades (entrevistas, talleres, clases, dinámicas de grupo, entrenamientos…). En cambio en el entorno residencial abundan los momentos mucho más “informales” (ver la tv, ir al médico, de compras, conectarse a internet, cenar…). Los tiempos de programación, seguimiento y evaluación también se ven mermados ante la presión de la atención directa continua.  

Para algunos el debate podría estar servido: la diferenciación de categorías y figuras profesionales. Colocarían auxiliares para la gestión de los espacios de vida cotidiana y técnicos (educadores/as) para el diseño y dinamización de actividades (talleres, dinámicas de grupo, elaboración de informes, etc). Pudiera tratarse de un modelo más claro y definido, con diferencias salariales y técnicas preestablecidas. Pero que en mi opinión dinamitaría la esencia de la figura profesional del educador/a, que no es otra que la relación educativa. Y ésta se gesta principalmente en los espacios de vida cotidiana. Estoy casi seguro que si se aplicase la mencionada diferenciación de funciones, en poco tiempo los auxiliares acabarían teniendo más capacidad de intervención con los menores que la mayoría de técnicos cualificados. De hecho, a algunos ya les pasa cuando coinciden en su recurso con una persona encargada de la cocina o de la limpieza que disfrute de cierta “gracia educativa”. Porque en nuestro campo profesional los cambios y el crecimiento se generan desde las experiencias y la relación, y éstas no entienden de funciones y categorías.

Por lo tanto, para cualificar la acción educativa en la gestión de la vida cotidiana, la programación y la evaluación se hacen imprescindibles para el educador/a. Esas competencias sí que podrían entender de categorías y establecer diferencias profesionales. Porque realizando la misma acción (por ejemplo jugar al pin-pong), su significación podrá ser muy diferente si se encuentra enmarcada en un proyecto educativo individual que articule una determinada intervención con el menor, o si tan solo responde a la acción asistencial del momento.

@Nolotarin

Microrelatos de la Educación Social: “De fiesta”.

9 abril 2014 by

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Es sábado noche. Son las fiestas populares de la Ciudad. Decido asistir a una cena y posterior fiesta con unos amigos a un Casal del barrio donde trabajo. Todo apunta a que puede ser una noche divertida. 

Mientras hablamos y preparamos la cena en plena calle, me sirven el primer vaso de sangría, son las 22:15H y justo después de pegarle el primer trago a esa magnifica bebida y mientras la degusto algo me sobresalta. Me tocan por la espalda con cariño y aprecio, me giro y veo a media docena de chavales jóvenes de mi centro. Apresuro el trago. Me saludan a su manera, hacemos chocar las palmas y luego cerramos los puños para volver a chocarlos. Ellas, me dan dos besos. Nunca me saludan así, pienso en que el contexto es quien ha hecho que el saludo suceda de esta manera. 

Antes de pronunciar ninguna palabra, mi cabeza viaja a mil revoluciones, el vaso que tengo en la mano me sobra, me gustaría deshacerme de esa sangría.Me cuentan que se lo están pasando bien, y que se irán a cenar y luego a una verbena. Les demuestro mi alegría, se les ve muy contentos y con un ambiente muy sano. Uno de ellos me pregunta si bebo, (parece que no ha visto el vaso que llevo en la mano), le digo que sí, que me tomo algún vaso con los amigos, mientras cenamos y hablamos, pero con cuidado. Se despiden, me despido de ellos. Les animo a que disfruten de las Fallas y que decidan hacer las cosas de forma correcta.

Sabia que esto pasaría, que este tipo de encuentro lo tendría algún día. Me quedo tranquilo, soy ejemplo para ellos y hemos vivido una situación muy normal de la vida cotidiana.

Pensammientos de @Nolotarin: “Entre profecías y discursos moralizantes”

20 marzo 2014 by

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Creer en las capacidades de cambio de la persona parece imprescindible en el trabajo educativo, pero algunos casos realmente nos hacen difícil asumirlo. En un centro de protección de menores abundan estas situaciones. Por norma general, el “desastre” familiar tiene que ser considerable y con larga historia para que el “sistema” opte por esta medida; que evidencia claramente que otras muchas actuaciones no han dado resultado. En las reuniones de equipo dedicamos gran parte de nuestro tiempo y energías a buscar soluciones, alternativas, caminos nuevos… que puedan modificar esa “inercia desastrosa” que conforme avanza la adolescencia, parece de forma inevitable acompañar a estos menores. Realmente es difícil posicionarse en el trabajo educativo con ellos y orientar las intervenciones hacia un futuro tan incierto y poco alentador. 

 

            En nuestra práctica educativa observo en muchos de estos casos dos posiciones hacia las que nos solemos escorar: La primera consistiría en dejarnos llevar por una especie de predicción profética, el “ya sabemos cómo van a acabar”. Posición que inundará de realismo la intervención, y reconocerá las dificultades para enfrentarla. Pero que a la vez (posiblemente de forma inconsciente), puede llegar a condicionar nuestra mirada sobre el punto de realidad actual. Con el riesgo de limitar las posibilidades de intervención que aún podríamos desarrollar y sobre todo de influir negativamente en el proceso, convirtiendo nuestro pronóstico realmente en profecía “autocumplida”.

            La segunda, resultaría de utilizar en exceso el discurso moralizante, “el deberías o deberíamos hacer esto”. Utilizando un discurso sobre lo que es bueno o conveniente, que posiblemente aumentará nuestra atención e implicación con el caso. Pero que puede plantear intervenciones demasiado alejadas de las vivencias reales del menor, y metas que pueden resultar inalcanzables. La relación del adolescente con su familia, con su sexualidad, con el ocio, con las drogas, etc,  podría distar en exceso de los consejos o valoraciones que continuamente recibiese del educador/a. Minimizándose entonces poco a poco el posible impacto de nuestra intervención.

 

            Tengo la sensación de que entre las profecías y los discursos moralizantes, nos perdemos infinidad de experiencias que pueden servir al adolescente. Y especialmente en estos casos “difíciles” podría resultar interesante poner el acento en las vivencias que van teniendo y desde las que pueden obtener un pequeño aprendizaje útil para el futuro (porque toda su realidad no está a nuestro alcance cambiarla). Me vienen a la cabeza algunos ejemplos de situaciones que hemos vivido y en las que de una u otra forma fluctuamos entre estas posiciones: entre “se quedará embarazada” y “si quedas con desconocidos pareces una …”, entre “acabará robando como su familia” y “si te pones ropa robada eres cómplice”. Puede que olvidando que al quedar con un chico desconocido por internet, o al ponerse una prenda robada, el adolescente está teniendo una experiencia, una vivencia determinada (más o menos satisfactoria). A partir de la cual, aplicando una mirada diferente, seguramente podríamos ayudarle a adquirir algún tipo de aprendizaje.

 

            Tanto negar la posibilidad de que se produzca la experiencia, como condenarla en exceso, puede alejarnos del propósito de nuestra tarea educativa. Esta nueva posición no se puede confundir con un “laissez faire” o un “todo vale”. Todo lo contrario, pretende centrarse en buscar aquello que realmente pueda ser útil para el adolescente, previniéndonos de poder utilizar solo aquello que esté en función de satisfacer o justificar al educador/a.

 

@Nolotarín


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